QUERER O PODER, ESA ES LA CUESTIÓN

Por Alberto Blanco. 02/12/2019

PREFACIO O «EL QUE AVISA NO ES TRAIDOR»: Este post no son más que pensamientos en alto (en este caso, tecleados) secundarios a conversaciones con mi querida amiga y compañera de la sala de al lado sobre por qué las personas somos como somos  y hacemos lo que hacemos. No pretendo sacar una conclusión, solo reflexionar. Por supuesto, puedes estar de acuerdo conmigo, o quizá quieras… pero no puedas.

Querer o poder, esa es la cuestión. Todos tenemos algún hábito que de alguna forma no nos hace bien y nos resta salud, física, psíquica o emocional. Nos hace enfermar, no dormir, sufrir o provocar sufrimiento a los demás. Igualmente, todos tenemos a alguien cercano que no se cuida tanto como quisiéramos, que no actúa como esperamos o al que directamente no soportamos. Nuestro carácter, nuestras creencias, nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestras relaciones…  Que tire la primera piedra quien esté libre de alguna mancha en su currículum (por no plagiar).  Soy un ferviente defensor de que el objetivo no es ser cada vez más perfectos, sino ser cada vez más humanos, y de que eso sólo se consigue observando, observándonos, tomando conciencia de todo lo que nos ocurre dentro de nuestra experiencia humana, aceptándolo e integrándolo dentro de nosotros mismos. Pero también creo que ese camino solo tiene un destino y es hacia una salud más plena y un menor sufrimiento, entonces… ¿Por qué no cambiamos esas cosas que nos hacen sufrir, porque no queremos, o porque no podemos?

Se quedó muy grabado en mi memoria un párrafo de Bessel Van der Kolk, de su libro “El cuerpo lleva la cuenta”. Dice así: “La investigación ha revelado que el trauma produce verdaderos cambios fisiológicos de la alarma del sistema cerebral, un aumento de la actividad de las hormonas del estrés y alteraciones en el sistema que distingue la información relevante de la irrelevante. […] Sabemos que su comportamiento no es resultado de ningún defecto moral, ni de una falta de fuerza de voluntad, ni de su mal carácter: es causado por unos cambios reales en el cerebro”.

Esto demuestra (y abre la puerta a muchas más posibilidades científicas similares ya que podemos hablar de cambios en el cerebro, cambios en la microbiota intestinal encargada de fabricar nuestras hormonas y neurotransmisores, en nuestras suprarrenales, y un infinito etcétera) que el hecho de que seamos como somos muchas veces se debe a cambios orgánicos, físicos, reales, que en ese momento no nos permiten ser de otra forma “mejor” (entiéndase “mejor” como “más sana”, a todos los niveles). No es que no queramos cambiar, es que no podemos.

Entender esto es un primer paso fundamental para mantenernos humildes y compasivos respecto a la vida y el comportamiento de otras personas (y de nosotros mismos), sobre todo cuando sabemos que al hablar de trauma no solo nos referimos a grandes traumas, sino también a pequeñas situaciones ante las que nos pone la vida y que no tenemos recursos suficientes para superar, ya que incluso muchas de ellas ocurren en etapas muy tempranas e ignoramos su existencia, o han ido calando lentamente en nosotros como parte del sistema de creencias que nos ha sido inculcado. Y entiéndase, ser humildes y compasivos no significa que no tengamos que poner límites en nuestra relación con esas personas, tanto a nivel personal como a nivel social. Los límites son sanos y necesarios, tanto para quien los pone como para quien los recibe.

Sí, a mí también me ha chirriado eso que he escrito arriba de “somos como somos”. Todos hemos ido acumulando experiencias que nos han ido moldeando y que incluso puede que en un momento dado nos impidan ser de otra forma, pero por supuesto esto no quiere decir que no sea modificable, que lo podamos utilizar como excusa para comportarnos de cierta manera o que nos tengamos que conformar con ello y cargar con ese sufrimiento (grave o leve, físico o emocional, individual o colectivo) para el resto de nuestra existencia y de la de quienes nos rodean.

Podemos cambiar, pero esos cambios se producirán siempre dentro del margen de los recursos de que dispongamos. Tener la voluntad de mejorar nuestra dieta, hacer ejercicio, ser mejores personas o simplemente dejar de discutir con nuestra familia cercana quizá sea el primer paso para buscar esos recursos… ¡Pero ya tenemos que haber tenido unos pocos para tener esa voluntad!

¿Cómo vamos entonces empezar ese círculo virtuoso de pequeños cambios que nos permitan vivir y relacionarnos mejor, si dices que lo que pasa es que no podemos?

Quizá (seguramente) necesitemos ayuda, ya que aunque pensemos que somos capaces de poder nosotros solos, la verdad es que no solemos serlo. Pero si queremos liberarnos de los hábitos que nos restan salud, vivir más en calma con nosotros mismos y más en paz con lo que nos rodea, podemos hacerlo, y hay muchas maneras de conseguirlo. Una de ellas es trabajar desde el cuerpo, que es quien ha vivido toda nuestra historia. Hacerlo desde una perspectiva Biodinámica, dejando por un momento de lado la parte mental, cognitiva y trabajando puramente desde el cuerpo y sus sensaciones, el nivel más básico y nuclear de nuestra experiencia humana, nos permite integrar nuestras vivencias condicionantes o traumáticas para dejar de cargar con ellas. Así podremos ir haciendo las paces con nuestra propia historia, podremos dejar de actuar reaccionando en base a ella y recuperaremos, poco a poco, nuevos recursos que permitan que los cambios ocurran de forma natural, favoreciendo así  todos los procesos relacionados con la salud, física, mental y emocional.

Si has aguantado la lectura hasta este punto es posible que estés pensando que no tiene sentido y te preguntarás: “Entonces, ¿es querer o es poder? ¡porque cada vez dices una cosa!”  Quizá sea ambas. O quizá sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda.

Mi respuesta está escondida más arriba: Es tomar conciencia.

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