LA IMPORTANCIA DEL NERVIO VAGO

Por Alberto Blanco. 07/06/2020

Ya hablamos del sistema nervioso autónomo en el post “cuarentena y teoría polivagal”, y en esta nueva entrada quiero contaros por qué el nervio vago es un gran nervio.

Siempre que hablamos de estrés o calma, simpático o parasimpático, funciones digestivas, hormonales, inmunitarias, descanso, regeneración… tiene que salir a relucir el famoso vago, y es que se merece que hablemos de él.

El nervio vago es el décimo par craneal (sale de dentro del cráneo) y se le conoce con este nombre porque vaga a lo largo de todo nuestro tronco, además de ser el principal nervio parasimpático:

  • Ralentiza la frecuencia cardiaca
  • Constriñe los bronquios
  • Favorece la relajación muscular
  • Cierra las pupilas
  • Activa el peristaltismo intestinal
  • Activa la secreción de jugos gástricos
  • Largo etcétera.

(*Antes de seguir, recordemos que el sistema nervioso parasimpático es una de las divisiones, junto con el simpático (y el entérico), del sistema nervioso autónomo. Mientras que el simpático se encarga de preparar al cuerpo para reaccionar ante situaciones de estrés o peligro para que seamos más eficientes luchando o huyendo, la principal función del sistema nervioso parasimpático es la de generar un estado de reposo que permita al organismo ahorrar o recuperar energía, participando también en la correcta activación de la función digestiva, reproductiva, del sueño, hormonal, inmune, y todas las funciones que favorecen la reparación y la supervivencia a largo plazo  y, para que se entienda de forma sencilla, funcionan como una balanza, cuando se activa uno, se desactiva el otro y viceversa).

Volvamos. Que el nervio vago es el principal nervio parasimpático es completamente cierto, pero también lo es que solamente el 20% del nervio vago se encarga de eso. El otro 80%, tiene una función sensitiva. Esto cabe destacarlo: el 80% de nuestro nervio vago no es parasimpático, no se encarga de hacer, sino de sentir y que nos sintamos. Hace llegar al cerebro toda la información interoceptiva de nuestras vísceras,  de qué ocurre químicamente, cómo se encuentra nuestra homeostasis y además, transmite la información del estado de la microbiota intestinal. Aquí podemos empezar a entender eso del “gut-brain axis” (“eje intestino-cerebro”) y el famoso “el intestino, el segundo cerebro”.

El nervio vago permite que nuestro cerebro sepa cómo estamos y qué está pasando dentro de nuestro organismo. Que el 80% de las fibras del este nervio se dediquen a sentir quiere decir que sentir es importante, y es que claro, que el cerebro esté informado de cómo se siente su cuerpo es el primer paso para que pueda saber cómo tiene que actuar después. Tanto a nivel consciente como inconsciente. Tanto a nivel involuntario, como voluntario.

Para que nuestro sistema nervioso autónomo funcione de manera correcta y con él todas nuestras funciones vitales, debe haber un buen equilibrio entre el simpático y el parasimpático, y para que esto ocurra, es imprescindible que el cerebro esté informado de todo lo que está ocurriendo en nuestro interior, de lo que se encarga en gran medida el nervio vago.

Pero hay un problema, y es que esta vía aferente (sensitiva) vagal no siempre funciona bien. Cuando nos encontramos en una situación de dolor crónico (donde crónico no quiere decir que tenga que ser para siempre, sino que lleva mínimo tres meses. Algo bastante habitual), alteraciones digestivas (muy habitual),  inflamación crónica de bajo grado o “inflamación silenciosa” (muy muy habitual) o estrés crónico (no hace falta ni decirlo), esta vía informativa del nervio vago se inhibe. La consecuencia será un cerebro que mantendrá activada constantemente la función simpática, perpetuando así la cronicidad del dolor, las malas digestiones, la inflamación, el estrés.

Además, si esta información interoceptiva vagal no llega al cerebro de una manera correcta para integrarla en sus núcleos centrales y modular desde ahí el sistema nervioso autónomo, será más fácil padecer alteraciones psico-emocionales o de la conducta, ya que estaremos condenados a sentir y relacionarnos en modo lucha, huida, disociación o congelación.

El motivo por el que el parasimpático se inhibe es muy lógico, y es que cualquier inflamación, ya sea muscular, articular, visceral o cerebral, es el resultado de la activación del sistema nervioso simpático como respuesta a un estímulo agresor (y esto puede ser un traumatismo físico, emocional, una coca-cola y/o la perspectiva de encontrarme con mi jefe el lunes).

El problema es que como hemos dicho, cuando esta inflamación se vuelve crónica, el vago se desactiva, deja de funcionar y deja de informar al cerebro, y cuando esto ocurre, el cerebro no puede decirle al simpático que deje de actuar, por lo que permanecerá crónicamente activo. Técnicamente a esto se le llama loop de feedback positivo, pero quizá te suene más “la pescadilla que se muerde la cola”.

Y es más, esto es muy interesante: incluso cuando el ambiente químico interno del cuerpo ya se ha corregido, porque el daño en el tejido o agente estresor ya han desaparecido o porque se ha cambiado la alimentación o los hábitos que nos lo estaban provocando, es posible que la sintomatología asociada aún siga presente, y esto se debe a que si las vías que tienen que informar al cerebro de que ya ha ocurrido ese cambio no funcionan porque siguen inhibidas, el cerebro seguirá sintiendo que todo sigue igual y seguirá mandando las mismas órdenes.

Y entonces, ¿qué podemos hacer para solucionarlo?

Necesitaremos romper el bucle de las vías simpáticas que están activadas de manera constante, y estimular las vías vagales que fueron inhibidas. Lo haremos de la misma manera que podemos equilibrar una balanza: quitando peso al que pesa más, y poniendo peso al que pesa menos.

QUITAR PESO AL QUE PESA MÁS

Alimentación: Alimentos, no productos. Cada vez que comemos se produce una inflamación fisiológica (llamada leucocitosis postprandial).  Esta será muy leve cuando comamos comida sana, y demasiado exagerada cuando comamos productos procesados, y esto también es estrés. Por eso la diferencia entre alimentación pro-inflamatoria y anti-inflamatoria.

Tóxicos: tanto físicos como mentales. El tabaco, alcohol, azúcar (lo tengo que meter aquí también),  y también la violencia, las malas noticias y los pensamientos pesimistas nos generan estrés sistémico e inflamación.

Presencia: Conseguir vivir el momento presente no es fácil, de hecho es poco frecuente (hasta la ciencia lo dice), pero estar anclados en sucesos pasados o proyecciones futuras nos hace alejarnos de la sensación de seguridad del presente, ya que aquí y ahora, casi nunca nos está ocurriendo realmente nada malo.

Descanso: Se habla mucho de suplementaciones y remedios mágicos, pero eso son minucias comparado con lo más potente y necesario, que además es gratis: dormir. Recuperar una buena calidad del sueño debe ser prioritario en cualquiera de nuestros tratamientos, ¡y es posible conseguirlo!

Tratamiento: Las neuronas del sistema nervioso simpático se encuentran en la médula, y con manipulaciones osteopáticas podemos ayudar a disminuir el tono simpático para que el parasimpático pueda recuperar después su lugar.

PONER PESO EN EL QUE PESA MENOS

Sentirse: Si el nervio vago es fundamentalmente sensitivo y esta función es necesaria para poder modular el sistema nervioso vegetativo, que mejor manera que sentirnos. A través de la meditación, el yoga, la biodinámica craneosacral, focusing… cualquier técnica que nos haga poner el foco en nuestras sensaciones corporales internas ya está permitiendo que la voz del vago vaya cogiendo volumen.

Canta: La recitación de mantras o ejercicios vocales es un potente activador del nervio vago (no aplicable a los cantantes de Trash Metal)

Respira: Pranayamas, ejercicios de hiercapnia o ejercicios de respiraciones diafragmáticas profundas a un ritmo de seis ciclos por minuto se han demostrado eficaces para aumentar el tono vagal.

Tratamiento: Tenemos técnicas y ejercicios, tanto de osteopatía como de terapia craneosacral (como de otras terapias, pero de esas no puedo hablar con conocimiento de causa), para aumentar el tono y la calidad de las aferencias del nervio vago.

Si habéis llegado hasta aquí, ya solo me queda terminar con una breve fábula que creo que viene al caso, es posible que la conozcáis:

Una noche un anciano indio Cherokee le contó a su nieto la historia de una batalla que tiene lugar en el interior de cada persona. Le dijo: “Dentro de cada uno de nosotros hay una dura batalla entre dos lobos. Uno de ellos es un lobo malvado, violento, lleno de ira y agresividad. El otro es todo bondad, amor, alegría y compasión”. El nieto se quedó unos minutos pensando sobre lo que le había contado su abuelo y finalmente le preguntó: “Dime abuelo, ¿cuál de los dos lobos ganará?”. Y el anciano indio respondió: “Aquél al que tu alimentes”

Esta es la versión clásica, aunque un día me encontré con otra que me parece más bonita, en la que el anciano indio Cherokee le contesta a su nieto que “en realidad ambos deben ganar, porque no se trata de una lucha de fuerzas, sino un juego de equilibrio. Hay que alimentar a los dos lobos porque los dos se necesitan, y debemos ser capaces de guiar a ambos por el buen sendero.”

En resumen:
  • Que nuestro nervio vago funcione correctamente en su división sensitiva es básico para que el cuerpo pueda realizar todos los procesos fisiológicos de una manera óptima y poder disfrutar de una buena salud física y psico-emocional.
  • Lo ideal es poder mantener el estado de seguridad y calma la mayor parte del tiempo posible, y que podamos activarnos para reaccionar en los momentos en los que sea necesario.
  • No hay un sistema bueno y uno malo. Ambos son necesarios, pero cada uno en su momento.

Ambos lo hacen por nuestro bien, solo tenemos que ayudarles.

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